Ayer entre y la vi de espaldas. Sentada, agobiada por el frío pero con sus mejillas rojas. Su mirada cada vez más lejos, sus ojos enrojecidos, débiles y caídos. Cada vez más humedad en la casa, las paredes acompañan la tristeza. El piso se hunde en silencio, ni siquiera curtido. Han pasado mil guerras, guerras de todos los colores, años que corrieron indispuestos, contaminados, sometidos. Y la veo de espaldas, la veo resistir. La veo con su mano en busca de algún imposible movimiento. Sus pastañas son libres, sus pestañas no oprimen, pero sus ojos le cuentan el mismo cuento, recorren las mismas paredes amarillas. ¿Cuántas tardes habrán pasado sin que notase la existencia de las horas? Inmóvil al tiempo. Quizás en algún momento las baldosas la confundan, las formas suelen ser agobiantes. Algunas veces ha gritado en silencio que quisiera arrojarse al mar. Sueña en silencio, en soledad, como cuando volaba hacia los lugares que pintaba escondidas en sus cuadros sin que nadie lo notase. Los colores eran santos, sus colores eran libres..Así escapaba de los rostros repetidos, de las voces desmayadas del dolor en habitaciones oscuras en que nadie soñaba. Sólo ella se aventuraba a escaparse en sus pinturas, correr lejos entre los árboles, bajo los cielos que estallaban en sus imágenes, aquellos que sino se hubieran fugado del recuerdo. Pero las pinturas no permanecen intactas y ya ni siquier las mira.. ¿Tendrá miedo alguna vez? Quizás quiera regresar a mirarse en los ojos tristes de aquel hombre al que jamás volvió a ver.
Su rostro se duerme de arrugas y la encuentro hoy otra vez de espaldas, casi dormida. Rosa y abatida, con ganas de arrojarse al mar..