Tu boca me seduce en el décimo instante antes de que te decidas a salivar la gran mentira.
Me haces parte del envoltorio falaz con que tejes
la nube sometida a mis ojos que no aciertan en elegir la justa ceguera, se atropellan en los subsuelos en los que reparas el sin sentido.
Tu corazón está muerto, está flaco y asqueroso. Pero también a él lo seduces y lo ocultas con historias de otras épocas, hurgando invisibles huesos lo callas, lo entierras. Y caminas herido creyendo que algún día vas a encontrar la perra que se embaraza en tu cabeza, la vida que no tienes, la fotografía perfecta, la luz divina.
¿A dónde entierras los muertos que creas en tu verbosidad?
Tu poesía no existe y le crees. Tu poesía es un muerto más, vagabunda que te sigue sin manos ni pies, parte de tu respiración esquiva, tu juego morboso de ocultarte en las letras. No has probado aún conjugar la atmósfera, arder en el aire siendo día, siendo noche. No has sabido ser ella, solo has intentado bosquejarla en hojas arrugadas cadavéricas. Quizás me equivoque y tus letras Si existen, quizás la única vida que te friegas sean los versos viejos que escribes. Tal vez el único aliento que no se resiste a ser desfigurado y manoseado. Quizás –quizás- la manera en que intentas conservar tus rancias células.