domingo, 9 de marzo de 2008
Nada puedo saber de mí. Cuando me miro al espejo oculto lo que soy yo detrás; cuando miro mi sombra en la pared del teatro a unas cuadras de casa, cuando miro mi sombra allí en esa pared, no puedo mirarme los pies sino perderme en esa figura extraña misteriosa que soy yo, esa forma de niños ocultos, aquellos que fui durante un tiempo. Pero no hay nada que me guste más que mirarme los pies, esa distancia infinita entre el camino que obliga, y los pies que caen esclavos al filo del alma. Soy todo lo que oculto de mí, acaso, las imágenes que se hacen vapor en el agua, mis sensaciones en el sueño, aquellas libres del pensamiento que traspone los objetos reales que me desafían a descubrir su trascendencia. Qué soy yo, sino estas manos, el silencio que se rompe en el pecho. Qué soy yo sino lo que nunca podría escribir porque permanece olvidado, lo que nunca podría gritar con otra voz sino ésta. Todos los fantasmas que ignoro, aquellos que con fuerza me toman de las rodillas e impulsan mis pies a seguir el destino de la tarde. Qué soy sino las caras que encuentro en las calles, todas ellas, me llaman tanto la atención, sus formas me remiten a los seres que se apabullan ante mi mirada en el espejo; tan al fondo estoy en mis ojos, que no puedo sino mirarme a través del cristal como un reflejo inexacto, infiel, perverso, suave que comprende de repente el tiempo que se oculta en mi retina. A dónde estamos, tantas veces pregunte, es que soy yo, y son las hormigas, y son los ancianos, los que hablan de la muerte, los padres miedosos, las madres hipocondríacas, los pájaros.. Yo pregunto por todos ellos, porque ellos soy yo. El misterio es silencioso, y yo soy lo que esta debajo del silencio, la capa que no puede descubrirse, lo que no van a dictarme los hombres, lo que nunca podrá ser escrito.