miércoles, 23 de enero de 2008

No necesito nada porque puedo acceder al cielo, porque puedo olerte desde cada punto. No necesito nada, ya ves mis manos frías lo dicen todo, mis ojos aterrados no esperan el viento.
Puedo sentir las piedras sobre mi espalda los rayos del sol como si fueran perfectamente necesarios antes de la brisa que aprisiona mis pensamientos. Hay días en los que interrogo a nadie dónde estamos, hay días que persigo los fantasmas que rodean el silencio de las calles como si realmente ellos estuveiran viendo cada uno de mis amages y ángulos. Pero después, vuelvo nuevamente a la soledad de las preguntas inertes, las que atosigan, las que debilitan el cuello y los músculos, las preguntas que hacen de mi cabeza una tonelada de tierra, removiendo un cuerpo desgarbado por la insistencia de la búsqueda de las invisibles causas de este infinito camino de luces encendidas por las cuales tantos hombres dibujan cruces con manos estériles. Hay días en que respiro como si un leve impulso me fuera a levantar hasta el cielo. Días que se coronan noches de terciopelo, a veces, sólo a veces, noches de niñas hermosas con limpios vestidos mojando sus cuerpos con agua sagrada, agua de todos los tiempos, agua como ciclo interminable del amor. Días en que todos los seres se revelan al mismo instante como si el mundo debiera acabarse tan pronto como los párpados caen y se cree olvidar El Tiempo.